jueves, 7 de mayo de 2020

La historieta y sus características. También enlaces a cómo hacerlas

SEGUNDO AÑO

CARACTERÍSTICAS DE LA HISTORIETA

Recuerda: lee la teoría, las características, o sea, las cosas que hacen a la historieta, historieta. Así podrás saber qué es.

La historieta es un tipo de texto que complementa el texto y el dibujo. Los dos dicen cosas y elaboran una historia.

Características de la historieta

La historieta es una secuencia de viñetas o representaciones gráficas que narran una historia mediante imágenes y texto que aparece encerrado en un globo.
Elementos de una historieta: Cuadro o viñeta- Dibujo- Globos- Texto- Onomatopeya
  • Cuadro o Viñeta: es un cuadro delimitado por líneas negrasque representa un instante de la historieta. Las viñetas se leen normalmente de izquierda a derecha y de arriba abajo para representar un orden en la historia.
  • Dibujo: representa el ambiente donde se desarrolla la historia (escenario) así como a los personajes. Van dentro de la viñeta.
  • Ejemplos
  • Globos: espacio donde se colocan los textos que piensa o dicen los personajes. Constan dedos partes: la superior que se denomina globo y el rabillo o delta que señala al personaje que está pensando o hablando. La forma del globo va a dar al texto diferentes sentidos: El contorno en forma de nubes significa palabras pensadas por el personaje. El contorno delineado con tornas temblorosas, significa voz temblorosa y expresa debilidad, temor, frío, etc. El contorno en forma de dientes de serrucho, expresa un grito, irritación, estallido, etc. El contorno con líneas discontinuas indica que los personajes hablan en voz baja para expresar secretos, confidencias, etc. Cuando el rabilo del bocadillo señala un lugar fuera del cuadro, indica que el personaje que habla no aparece en la viñeta. El globo incluido en otro globo indica las pausas que realiza el personaje en su conversación. Una sucesión de globos que envuelven a los personajes expresa pelea, actos agresivos. El globo con varios rabillos indica que el texto es dicho por varios personales. 
  • Texto: forma gráfica que está presente en una página. Si la situación a contar lo requiere, la tipografía se endurece, o se agranda, se hace minúscula porque se está hablando despacio, ose desgarra porque el mensaje es sangriento. Puede haber un tipo de letra para cada personaje, o puede hablar con el sonido del mismo. Dentro del texto escrito hay un elemento que es propio y característico del género.
  • Onomatopeya: SONIDOS COMO:   ¡PUM! ¡BANG! ¡AUCH! eso son. Es el elemento gráfico propio y característico de la historieta, este elemento imprescindible se ubica dentro del texto apoyando la direccionalidad que enfatiza la narración. Palabras como Bang, Boom, Plash, etc. Cuya finalidad es poner de manifiesto algún sonido no verbal, pero que se expresa por medio de una verbalización de dicho ruido mediante una especie de transcripción fonética del mismo. Aparecen indicadas en la superficie de la viñeta. El cómic, al ser un medio puramente visual, precisa de un recurso que le permita expresar sonidos de forma acertada. Para ello disponemos de las onomatopeyas. Las onomatopeyas son transcripciones fonéticas de elementos sonoros. Podemos, de esta manera, hacer entender al lector que se esta produciendo un sonido sin necesidad de que este lo escuche. Para poder resaltar mejor la intensidad de estos sonidos se puede jugar con su tamaño, forma o colocación. Si queremos relatar sonidos cortos y de baja potencia bastará con colocar algunas letras pequeñas que lo transcriban. En cambio, para resaltar un estruendo dibujaremos grandes letras que representen dicho sonido. Eso si, en ningún caso las escribiremos dentro de bocadillos; las onomatopeyas van libres por la viñeta.

Algunos recursos narrativos que usa:

Para no aborrecer al lector y poder crear un cómic rico visualmente se utilizan recursos narrativos que bien tienen su símil en el cine, en el movimiento de la cámara y en la narrativa.

Fusión: Es común en el cine observar como la cámara va acercándose al objetivo de manera lenta y progresiva. Este recurso hace que el espectador se fije atentamente en lo que el cámara quiere enfatizar. Podemos imitarlo realizando un acercamiento mediante viñetas simultáneas.

Panorámica: es un efecto que produce lentitud en la escena. Se trata de dibujar un mismo paisaje pero fragmentado en viñetas, en cada una de las cuales los protagonistas actúan según su posición. Es como si moviésemos la cámara lentamente por la pantalla intentando mostrar todo el escenario.

Flash-back: para poder explicar acontecimientos pasados en la realidad actual se utiliza el flash-back. El Flash-back puede ser interpretado por el personaje o el narrador.

Secuencias simultáneas: cuando queremos mostrar dos sujetos a la vez que actúan en zonas distintas se utiliza las secuencias simultáneas. Se trata en dibujar viñetas alternando las posiciones.

Símbolos o recursos gráficos

¿Viste cuando al personaje se le ven estrellitas o pajaritos sobre la cabeza luego de un golpe? Estrellas, pajaritos, corazones que dan la idea de amor, el signo pesos que da idea de dinero, las zzzzz de cuando alguien duerme. Esos símbolos son símbolos, dan la idea de algo.
¿Cómo representar algo intangible? ¿Cómo hacer entender al lector que el caballero está enamorado de la princesa?
Para expresar conceptos abstractos el cómic se ha dotado de otro recurso gráfico: los símbolos gráficos.
Los símbolos gráficos son representaciones aceptadas por todos de emociones o estados del ánimo

Líneas cinéticas o de movimiento

Sucede cuando algo se mueve, como una pelota y las líneas nos muestran su recorrido, o se mueve un auto, o el movimiento de un palo cuando golpea en la cabeza de alguien. Eso son las líneas sinéticas o de movimiento.
Para expresar movimiento el cómic dispone de las líneas cinéticas o de movimiento. Son rayas que salen del cuerpo del personaje, aparato u objeto que se desplazan hacia atrás indicando el sentido del movimiento. Sin ellas seria complicado explicar al lector que el elemento en cuestión esta trazando una trayectoria.

También pueden definir el vuelo de un insecto, en este caso se traza una simple raya o el movimiento de vibración de algún aparato, dibujaremos cortas rayas paralelas entre si.

¡Acá te subo otra explicación con dibujos!

En los siguientes enlaces tenés info sobre la historieta, mirá las páginas y te informarás más para trabajar con la tuya propia que tienes que hacer. Es importante que recuerdes y practiques los recursos, las características de la historieta, así te sale mejor.
Clickea en cada enlace y aprende a hacer y a qué es una historieta. ¡Suerte y divertite!

los enlaces: 










El verbo y sus características

PARA PRIMERO SAN BLAS Y EEST Nº 1

VERBOS VERBOS VERBOS



Los verbos tienen persona, número, tiempo, modo, voz y conjugación.

Los verbos aparecen en los textos de distintas formas, tengamos en cuenta que los verbos en español son más flexivos que en inglés y por lo tanto la desinencia o final del verbo nos dice mucho de lo que quiere significar. Ej.: PENSEMOS EN EL VERBO SIN CONJUGAR: AMAR  (sin conjugar es infinitivo)

                                                     Am/amos a mamá.
                     RAÍZ O BASE VERBAL / DESINENCIA O TERMINACIÓN: nos da información de persona, número,                   
                                                                                                                      modo y tiempo.   Y voz.                                                                                                    
Los verbos tienen una voz impersonal (no puede tener un pronombre delante porque nadie realiza la acción) llamada infinitivo, que viene a ser la raíz de todas las formas que tiene el verbo. Dependiendo de cómo acabe el infinitivo de un verbo será de una de estas tres conjugaciones:
  • 1ª conjugación: verbos acabados en -ar (saltar, guiar, pensar...)
  • 2ª conjugación: verbos acabados en -er (comer, querer, temer...)
  • 3ª conjugación: verbos acabados en -ir (salir, seguir, venir...)

PERSONA Y NÚMERO
Los dos primeros datos que usaremos son la persona (quién realiza la acción) y el número (si la acción la realiza una persona o varias).

Para identificar quién realiza la acción nos guiaremos por el criterio de proximidad a quién habla. Así, tenemos tres personas:
  • PRIMERA PERSONA: la persona que habla es la misma que realiza la acción.
  • SEGUNDA PERSONA: la persona que realiza la acción es con quién estamos hablando.
  • TERCERA PERSONA: la persona que realiza la acción no participa en la conversación.
Para identificar el número sólo tenemos dos casos:
  • SINGULAR: la acción la realiza sólo una persona.
  • PLURAL: la acción la realizan varias personas.
Para identificar todo esto usamos, principalmente, los pronombres personales, en el sentido que usamos uno u otro dependiendo del pronombre que podamos poner delante del verbo.


De esta manera, veamos algunos ejemplos de identificación de los verbos.
    Canté en el concierto.  Canté: pretérito perfecto, 1ra persona del singular. Yo canté
    sueño con unicornios.  Sueño: presente, 1ra persona del singular. Yo sueño.
    soñaremos con la gloria.  Soñaremos: futuro simple, 1ra persona del plural. Nosotros soñaremos.


EN LA IMAGEN ESTÁN LOS TIEMPOS DEL VERBO EN PASADO (PRETÉRITO), PRESENTE Y FUTURO.
En otra entrada tienen los verbos en pasado, presente, futuro y condicional. Ahora bien, dentro de cada uno de esos tiempos tienen diferentes formulaciones dependiendo de si la acción se está realizando (presente), está finalizada (tiempo perfecto), está por finalizar (tiempo imperfecto).

Por ejemplo: presente: canto. Pasado perfecto: canté, pasado imperfecto: cantaba. Futuro simple: cantaré, futuro compuesto: habré cantado.
ADEMÁS TIENEN MODOS LOS VERBOS, HAY 3 MODOS.
Tenemos tres modos en el verbo:
  • INDICATIVO: para expresar acciones (Luis corre mucho). Afirma, señala.
  • SUBJUNTIVO: para expresar deseos, ideas... (Ojala apruebe el examen). Posibilidad.
  • IMPERATIVO: Para expresar órdenes (¡Luis, recoge la mesa!). pedidos, exigencias.
TAMBIÉN TIENE UNA VOZ, VOZ ACTIVA QUE ES LA NORMAL Y LA PASIVA, QUE ES CUANDO SE ESCONDE O INACTIVIZA EL AGENTE.
Tenemos dos voces en el verbo:
  • ACTIVA, para indicar que el sujeto realiza la acción. Ej.:  Juan come asado.
  • PASIVA, para indicar que el sujeto recibe la acción.  Ej.: El asado es comido por Juan.

domingo, 12 de abril de 2020

TRABAJO PRÁCTICO N° 4 ACERCAMIENTO A LA LITERATURA

Hola chicos, acá les dejo el enlace al trabajo para que puedan trabajar. pueden hacer un word en google docs y luego compartirmelo. o mandando fotos. Saludos y buen trabajo.

Enlace al práctico N°4    Trabajo práctico N° 4 ¿Qué es la literatura?


lunes, 16 de marzo de 2020

La madre de Ernesto de Abelardo Castillo


Trabajo ráctico N° 3


La madre de Ernesto    de Abelardo Castillo





La madre de Ernesto» Abelardo Castillo Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva. Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo. – ¡No! –Sí. Una mujer. – ¿De dónde la trajo? Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó: –¿Por dónde anda Ernesto? En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté: – ¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía. – ¿Saben quién es la mujer que trajo el turco? Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años. –Atorranta, ¿no? Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos. –Si no fuera la madre... No dijo más que eso. Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente. –Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos. Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso. –Pero es la madre. –La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos. –Y se los come. –Claro que se los come. ¿Y entonces? –Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros. Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo: –Se acuerdan cómo era. Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal. –Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros. Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo – quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros. –No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal. Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar. –No se lo deben de haber prestado. –A lo mejor se echó atrás. Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia: –No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy. – ¿Cómo será ahora? –Quién... ¿la tipa? Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia. –Esto es una asquerosidad, che. –Tenés miedo –dije yo. –Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros: –Por lo general, todas estas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser. –No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos. Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo. Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó: – ¿Y si nos echa? Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre. –Es Julio –dijimos a dúo. El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos. –Se la robé a mi viejo. Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo. –Fumaba, ¿te acordás? Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza. – ¿Cuánto falta? –Diez minutos. Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado. Julio apretó el acelerador. –Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta. – ¡Qué castigo ni castigo! Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más. – ¿Y si nos hace echar? – ¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela! A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita: –Lleválos arriba. La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros: –A ver si nos sacan una muela. Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja. –Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó: – ¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro! Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco. Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó: – ¿Quién pasa? Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros. –Qué sé yo. Cualquiera. Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame. —¿Bueno? Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido. –Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto. Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto. Cerrándose el deshabillé lo dijo.

RESPONDER
 1) Luego de la lectura, busca la definición de las palabras que no conozcas. Copia el significado de tres en la carpeta.
2) ¿Quién es el narrador del relato y que otras voces aparece?

3) ¿Qué anticipa del conflicto el primer párrafo?

4) ¿En qué lugar geográfico transcurren los hechos?

5) ¿Describir al personaje de Ernesto y a su madre ?¿Cómo es su relación ?

6) ¿Qué función cumplen los amigos de Ernesto en esta relación? Lo acompañan, lo alientan, lo pelean, lo ayudan.

7) Anotar todas las expresiones (frases) referidas a la madre de Ernesto en tanto mujer (sus diferentes roles).

8) ¿Cuándo aparece el conflicto y como se resuelve?

9)  ¿Qué trabajo tenía la madre y cómo reaccionan los chicos cuando la ven?

10) Explica con tus palabras LA ULTIMA ORACION DEL TEXTO. ¿Qué sucedió?

10) ¿Cuál es tu opinión sobre la problemática planteada en esta historia?



El candelabro de plata de Abelardo Castillo


PARA SEGUNDO AÑO

Hola alumnos, les saludo y les dejo el cuento de Abelardo Castillo, gran escritor argentino. Al final está el cuestionario. buena lectura!!


El candelabro de plata    de Abelardo Castillo  

Enlace para escucharlo también en youtube:   https://www.youtube.com/watch?v=L03qOCQrnuo

Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde, para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que pasó esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para justificar nada. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de ser coherente.
Todo empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que ahora deben ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del 25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo rodea, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto, pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder desprenderme de él.
Digo que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el viejo parque de nuestra casa. No sé explicarlo. Las luces, las esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas, construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del Dios-Niño, siempre espantosamente grande en relación a su divina madre, como justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y sentí un asco tan profundo por mi vida que —como quien se lava— decidí celebrar mi propia Nochebuena.
La idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez, también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa. Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí bien; era una sensación extraña, como de paz —un gran sosiego—, pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto. Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien. Una mujer. No. Rechacé la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible (capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces recordé al viejo checoslovaco.
Lo había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero divertirme con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo: semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando fijamente un vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con nadie —llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que encuentro a mi paso—; pero yo sabía que él me miraba. Era como si una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que yo necesitaba.
Cuando llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba, tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada rodeaba al viejo —también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarrajeada se le acercó y, riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: “¿Quién te creés vos que soy?”, y, adornado con un insulto brutal, le respondieron quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos, no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar, o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el viejo y lo tomé del brazo.
—Te venís conmigo —le dije.
Mi voz debe de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos celestes, clarísimos, y balbuceó: —¿Qué dice usted, señor…?
—Que ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena decente.
—Pero, cómo, yo… con usted. Casi a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó atención.
Faltaba algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce. Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con corrección. Acaso le había preguntado algo, o acaso, rota la frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bastante borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos —fueron sus palabras— transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un muchachito, también rubio, también de ojos azules.
—Ahora será un hombre —había dicho—. Hace treinta años, cuando vine a América, él apenas caminaba.
Dijo que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y agregó:
—Pensar, señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los dos iguales, qué cosa.
Yo pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al mediodía, pelo de trigo joven, de qué otro modo podía ser. Sólo que el viejo Franta difícilmente iba a comprobarlo nunca.
—Pero, ¿cómo supiste de ellos?
—El capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes. Yo pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la imagen que dejó en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo donde hubo un hombre, y quién sabe, a lo mejor, a mí también me va a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mirada perdida y le diga “señor” al primer sinvergüenza bien vestido que me hable. Pregunté:
—¿Y no intentaste volver…? ¿No trataste…?
Él me miró, perplejo; después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.
—Volver. ¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es… Es muy feo. Volver como un mendigo —el tono de su voz empezó a ser rencoroso—, un mendigo borracho que en la puerta de la iglesia pide por un Dios en el que ya no cree… No, señor. Volver así, no.
Ella, Mayenko, se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me morí hace mucho… — Hizo una pausa, ahora hablaba como quien escupe—. Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla venir, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. No ve que todo es una porquería, señor.
La palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar con palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas, cuántas porquerías imperceptibles forman esa otra gran porquería de la que él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de humillación.
—Qué vergüenza, señor.
Eso dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.
Para el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se transformaría en un colosal engaño.
Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente: con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que —como el creado por Dios— suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé, pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella, esta forma de vivir que yo llevaba —él lo había adivinado— no era más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento. El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba, iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no sabía cómo.
De pronto, dijo:
—Pero, ¿por qué, señor, por qué…?
No acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me aborrecía con toda su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo, hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna. Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora sólo pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente y pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.
Volví a la mesa, sus dedos se apartaron.
—¿Sabés por qué? ¿Querés saber por qué?
Bebimos. Hubo un silencio durante el cual miré rectamente a sus ojos; después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba a decir, agregué con brutalidad:
—¿Sabés lo que es el cáncer, vos?
El viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a nivel de la suya, dije: —Por eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a partirse la cabeza contra una pared.
El viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes. Concluí secamente:
—Por eso.
—Quiere decir…
—Quiere decir que estás hablando con uno que ya se murió. ¿Entendés? Y entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a poder resucitarme. —Me erguí; hablaba con voz serena y contenida—. Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no podía advertirlo.
—Cállese, señor… —murmuró.
Y mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.
—Un cadáver —dije con voz ronca— que ahora, por una casualidad en la que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para justificarse.
De pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos multicolores se abrían hacia el río, desparramando sobre el mundo extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y solemnes.
—Por Dios, Franta —dije y creo que gritaba—; por ese Dios en el que vos no creés y que acaba de nacer para todos los hombres, yo te juro que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver como un hombre.
La Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban con los perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra, bajo la Estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban como cerdos y daban alaridos.
Franta me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente. En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó llorando:
—No te olvidaré mientras viva.
Me había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra. Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del mediodía.
Con todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté, tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había acariciado.
Después levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente, con una ternura infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.

EL CANDELABRO DE PLATA

1   1-       Realiza una descripción de los personajes.
2   2 -     ¿Cómo se conocieron los personajes?
3   3 -     ¿Explica cuál es el conflicto entre ellos? 
4   4 -     ¿Puede suceder esta situación en la vida cotidiana? ¿Recuerdas alguna situación o te la imaginas?
5   5 -     ¿Qué sensaciones tuviste al leerlo?
6   6 -     Inventa otro final para el cuento.

domingo, 15 de marzo de 2020

La luz es como el agua de Gabriel García Márquez


PARA SEGUNDO AÑO

Hola alumnos, les saludo y les comento que este es el primer cuento que trabajamos, luego, en otras entradas vienen los otros. Vamos a seguir un autor: Abelardo Castillo. Dejaremos al querido Márquez aquí presente para 5to año. Al final tienen la guía. 
Saludos y buen comienzo.


La luz es como el agua                        Gabriel García Márquez

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio, aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

RESPONDE:
1-      Copia el significado de 4 palabras que no conozcas.
2-      ¿Es un cuento fantástico o es imaginación de los personajes?
3-      ¿Qué elemento fantástico es la base de la historia? ¿Cuál es la confusión entre el agua y la luz que le dicen a los chicos? ¿Eso en qué deriva?
4-      ¿Cómo va creciendo el juego de los chicos con el bote y qué hacen para obtener más cosas?
5-      ¿Qué sucede finalmente con Toto, Joel y sus compañeros de curso?
6-      Cambia el final del cuento. Min. 8 renglones.
7-      De conocimiento general. Busca información sobre:  a- las ciudades de la historia: Cartagena de Indias y Madrid. B- ¿de qué tratan las películas El último tango en París y La batalla de Argel?
8-      Crea una historia con un elemento fantástico.